¿Por qué lloramos con la cebolla?
La explicación de por qué las cebollas nos hacen llorar es un fascinante proceso de defensa química que ocurre en milisegundos. No es un gas que la cebolla tenga "almacenado", sino una reacción que nosotros mismos provocamos al cortarla.
Las cebollas están compuestas por células que mantienen separados dos ingredientes clave: unas enzimas llamadas alinasas y unos aminoácidos azufrados (sulfóxidos). Mientras la cebolla está entera, estos componentes no se tocan. Al clavar el cuchillo, rompemos las paredes celulares y ambos se mezclan.
Cuando se mezclan, la alinasa convierte los aminoácidos en ácidos sulfénicos. Estos ácidos son muy inestables y, gracias a otra enzima llamada sintetasa del factor lacrimógeno, se transforman rápidamente en un gas volátil: el propanotial-S-óxido.
Este gas sube por el aire y entra en contacto con la humedad natural de tus ojos (la película lagrimal). Al disolverse en el agua del ojo, el gas se descompone y genera cantidades minúsculas de ácido sulfúrico.
Tus terminaciones nerviosas detectan la acidez y envían una señal de alerta al cerebro: "¡Hay un irritante en el ojo!". El cerebro responde ordenando a las glándulas lagrimales que produzcan un flujo abundante de lágrimas para diluir y expulsar el ácido. Por eso, cuanto más te frotas los ojos con las manos (que tienen jugo de cebolla), peor es el efecto.
Consejos técnicos para evitarlo (Basados en la ciencia):
Enfriar la cebolla: Meterla en la nevera 30 minutos antes reduce la velocidad de la reacción enzimática. El gas se desprende mucho más despacio.
Cuchillo muy afilado: Un corte limpio aplasta menos células que un cuchillo desafilado, liberando menos gas.
Corte bajo flujo de aire: Cocinar cerca de una campana extractora o con una corriente de aire aleja el gas de tu cara antes de que llegue a los ojos.
Agua: Picar la cebolla cerca de un chorro de agua o humedecer el cuchillo ayuda a que el gas reaccione con esa humedad antes de llegar a la de tus ojos.


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